viernes, 17 de noviembre de 2017

Bru Bru: Igualdad de Género.

No puedo dormir, hombre.

Me lo dejaste escrito en el cuerpo.

Pocas veces lo pasé a papel.
 En alguna sesión de análisis lo hablé con Belinsky.
Casi todas estas escenas son todavía silencios en mi mapa.

Siento el calor sacudirme entre la piel y la carne. Me despierta una sensación que me erizó tantas veces...
He sentido la actitud de supremecía y abuso de hombres de mis entornos, muchas, muchas veces.
Sin mi consentimiento me encontré en muchisimas ocasiones violentada por el hombre.
A día de hoy las instituciones Familia y Escuela aún enseñan y defienden que los niños son "brutotes" y las niñas "brujillas". Bru Bru Igualdad de Género.

A continuación: solo algunos recuerdos impresos en mi.
Todavía siento el registro del temblor de haber sido manoseada por aquél amigo de mi hermano que. gentilmente (y para que no me pase nada) me acercó a casa una noche, y al llegar, detuvo el coche unos metros después, cerrando las puertas y haciéndome saber que solo estaba proponiendo que nos lo pasemos bien un ratito, que me relaje, que no sea estrecha. Como no era mal tipo y él tendría al menos 8 años más que yo, que era menor de edad, me la dejó pasar, me hizo el favor de sentir que daba pena, y me permitió bajar, casi, sin hacerme nada. Le tuve que dar las Gracias, y hasta hoy, treinta años después, guardarle silencio.

Mi labio izquierdo sabe de la humedad del beso de ése amiguito de adolescencia, que cada vez que podía, en un movimiento ágil y de último momento, me alcanzaba la boca, como quien no quiere la cosa.

Mis talones han palpitado tantas noches porque mis zapatos sonaban y me delataban.

Mis oídos se agitaron con el sonido del jadeo de un caballero en la multitud de un concierto en la Sala Apolo, una atención solo para mi.

Mi matriz se espantó de tanta vulnerabilidad ante los maltratos rutinarios ginecológicos.

Mis discos vertebrales se entrenaron en como elevarse para alivianar el cuerpo y correr! Correr más rápido, muy rápido, desde la parada del bus a casa, porque el tipo de turno, se  levantó y se bajó conmigo y tuve que correr 200 metros con la llave tiesa para no errar en la cerradura. No se puede errar, un segundo es igual a ser presa cazada. Lograr entrar, cerrar y quedarme apoyada en la puerta, aguantar el aire escuchando a ese miserable rondar maldiciendo que se quedaba sin saciarse.  Tragarme el miedo después, para que nadie se preocupe por mi.

Mi corazón se anudó cuando te hiciste el amor en mi, mientras te decía, no, mejor no, hoy no.

Mis ojos se han sacudido ante la imprudencia de la manito larga de un jefe.

Aún puede mi pericardio recuperar el ritmo de ésa nochecita que corrimos y corrimos desesperadamente por calles y calles de arena, en una playa kilométrica de Brazil, con una amiga
(a los quince yo, catorce ella) perseguidas por un volkswagen escarabajo rojo que conducía un tipo, claro.

Mis riñones se escalofriaron cuando el metal tintineó en el parto. Tanto en el mío como en el tuyo.

Mis muslos son eruditos en el arte de sentir el roce del abrazo de un colega apoyándose en ellos, como si fuera una cordialidad más del saludo, un extra.

Mis sacroiliacas aprendieron a distinguir el peso de la mano que invade los glúteos sin pedir permiso. Y aprendí a irme, excusándome. para no incomodar.

 Muchas noches mi mano ha encendido el zippo en la calle, para asegurar sonidos que simularan ser de hombre, a unas horas y en unos barrios donde las mujeres no debemos andar solas, porque provocamos.

Se apodera de mis aductores la tensión de darme cuenta en el colectivo, que el muchacho de atrás se está masturbando y me clava las rodillas en el respaldar de mi asiento, para que yo lo sepa y no lo ignore. Él no tiene miedo ni verguenza.  Mientras pienso como salir de ésta, invoco a los santos inmateriales de mi abuela y de mi madre, para que ése muchacho tenga que bajarse antes que yo.

Conozco en el pecho la angustia de abrirle rápido la puerta a una amiga porque un tipo la venía siguiendo y juntas decirnos: ya está, ya pasó. Sororidad. La semana anterior me había tocado a mi.

Guardo, en la apófisis xifoides, la humillación de acceder al honorífico Edad de Merecer, alrededor de los trece años.

Mi memoria se sobresalta cuando recupera la frase; si pesa más de treinta kilos, es que ya está pa` darle.

Mis párpados se endurecen con la huella mnémica de los pies del pata de plomo, en el pasillo de la calle Santiago. Ese señor parapolicial que venía a alertarnos. No le hacía falta más, solo caminar haciendo un poquito de ruido. Y recuerdo la capas de piel ir ablandándose después de las largas horas de insomnio y, juntas amiga querida, recuperar las risas que nos devolvieran la esperanza y la victoria.

Todos mis tendones saben acortarse cuando te recuerdan gritando.

Fueron muchos hechos, muchos años. Diversas horas del día, escenas similares en distintos lugares.

Hace un tiempo reflexioné que los hombres no necesitan sacar la llave del bolso o bolsillo, cien metros antes de llegar a casa o al coche, es cosa de chicas...Lo bauticé: enllavarse.

Soy madre de tres personas que me han visto llorar de bronca e impotencia y saben que laburo todos los días para cambiar el mundo.
Soy mujer. Soy íntegra. Soy única.
Somos muchas. Somos tantas. Somos todas.

La violencia machista es cuestión de hombres.
Tienen mucho que hacer. Pónganse a trabajar.

La muerte del patriarcado es labor de todas y todos.
Aunémosnos. Reflexionemos. Hablemos.

Vivas y Respetadas nos queremos.
Ni una menos.

Maica Martinez